La tragedia de los Andes

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Publicado el 6 de junio de 2011

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La caída del avión de la Fuerza Aérea Uruguaya el 13 de octubre de 1972, más conocida como la Tragedia de los Andes o el Milagro de los Andes, representó uno de los pasajes más oscuros en la historia de la aviación uruguaya.

El avión tipo Fairchild Hiller FH-227D, con número de vuelo 571 despegó el 12 de octubre cubriendo la ruta entre el aeropuerto internacional de Carrasco, en Uruguay y el aeropuerto internacional Comodoro Arturo Merino Benítez, en Santiago de Chile.

A bordo del vuelo 571 viajaban 40 pasajeros y cinco tripulantes, incluyendo al equipo de rugby Old Christians, de Uruguay, que debía enfrentarse contra el equipo de Santiago de Chile, Old Boys.

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Las condiciones climáticas en la zona de los Andes obligaron al vuelo a descender en el aeropuerto de El Plumerillo, en la ciudad de Mendoza, en Argentina, donde debieron pasar la noche.

El 13 de octubre amaneció con tan mal clima como el día anterior, pero debido a la urgencia del viaje, se decidió retomar el vuelo por la tarde. El avión debía desplazarse por el Paso del Planchón, entre las ciudades de Curicó en Chile y Malargüe en Argentina.

El avión estaba al mando del coronel Julio César Ferradas y el teniente coronel Dante Lagurara, además del navegante, teniente Ramón Saúl Martínez. También los acompañaba un sobrecargo, Ovidio Ramírez y un mecánico, Carlos Roque.

El accidente y sus causas en la tragedia de los Andes:

Durante el trayecto, el navegante Martínez, equivocó la ubicación del avión por más de 100 kilómetros, comunicando a la torre de Santiago de Chile que se encontraban sobrevolando el Paso del Planchón, en Curicó, pero se encontraban próximos al cerro El Sosneado y al volcán Tinguiririca, en la provincia de San Fernando, en Chile.

Cuando comenzaron las dificultades, el avión volaba a 6000 metros de altitud, en una ruta de alturas intermedias. Comenzaron el descenso por instrumentos, en medio de una tormenta, cuando todavía se encontraban sobre las montañas. El piloto creyó que ya había salido de las montañas y giró hacia el norte, pero todavía faltaban numerosas cumbres elevadas.

Al atravesar varios pozos de aire, el avión descendió bruscamente cientos de metros, quedando muy próximo a los picos montañosos, lo cual colocaba al avión en una situación de gran peligro.

El descenso continuó en medio de una nube, ingresando en un corredor de cumbres elevadas y enfrentándose a un farallón que el comandante logró superar apenas, pero la cola del avión impactó contra el borde del farallón.

Hubo un segundo impacto, donde el avión perdió el ala derecha, la cual cortó la cola del avión en su desprendimiento, despidiendo un par de filas de asientos, cuyos cinco ocupantes murieron en el impacto.

El avión golpeó las montañas por tercera vez y perdió el ala izquierda, golpeando nuevamente el fuselaje con el terreno y resbalando por una pendiente nevada. Dos pasajeros fueron despedidos con sus asientos.

El avión se detuvo en un banco de nieve a 4770 metros de altitud, en el Glaciar de las Lágrimas, en El Sosneado, San Rafael, en Mendoza, Argentina, a 1200 metros de la frontera entre Argentina y Chile.

A raíz del impacto murieron los tripulantes y algunos pasajeros, atrapados por los asientos. Algunos pudieron salir de sus asientos, algunos con heridas leves y otros absolutamente ilesos. Algunos de los heridos graves, murieron posteriormente.

Cómo sobrevivieron a la tragedia de los Andes:

De los 45 ocupantes del avión, 19 murieron durante el impacto o en los primeros días posteriores. Los 27 restantes, debieron enfrentar las montañas congeladas para sobrevivir.

Los equipos de rescate buscaron por varios días los restos del avión, pero sin éxito.

Los sobrevivientes carecían del abrigo necesario para enfrentar la nieve, por lo que se organizaron para subsistir, liderados por Roberto Canessa, un estudiante de medicina que se encargó de diseñar utensilios y abrigos para sus compañeros.

Con elementos obtenidos del avión, los supervivientes fabricaron guantes, botas, gafas de sol, entre otros.

La búsqueda fue suspendida ocho días después del accidente. Unos días más tarde, los propios sobrevivientes tomaban cuenta de ello al escuchar la noticia en una radio que poseían.

El 29 de octubre, un alud sepultó los restos del avión durante la noche, sepultando a los que allí dormían. Ocho personas murieron en el incidente (incluyendo a la última pasajera femenina), a pesar de los esfuerzos de sus compañeros por rescatarlos.

A mediados de diciembre murieron debido a la gangrena en sus heridas, dos pasajeros más. El 11 de diciembre falleció la última víctima, también por gangrena, completando los 29 muertos.

Los sobrevivientes contaban apenas con un mínimo de alimentos y no había vegetación ni animales en la zona. Debido a ello y como no existía ninguna otra alternativa, decidieron finalmente alimentarse con los restos de algunos de los fallecidos, evitando a los familiares cercanos y a las mujeres.

Los sobrevivientes organizaron una partida para recuperar las baterías de la radio, de la cola del avión, pero se dieron cuenta de la imposibilidad de cargarlas al llegar al lugar. Entonces decidieron transportar la radio desmontada hasta la cola del avión, pero los desperfectos sufridos por la misma, impidieron la comunicación. Sin embargo, encontraron chocolates y licores en algunas valijas.

Cuando la primavera llegó, los sobrevivientes comprendieron que debían salir en busca de ayuda para lograr su rescate, por tanto, el 12 de diciembre, partieron: Fernando Parrado, Roberto Canessa y Antonio Vizintín, para conseguir la tan necesaria ayuda.

Debido a los errores cometidos por los pilotos, la expedición tomó el camino equivocado, pensando que se encontraban en territorio chileno, por lo que debieron atravesar la cadena principal de los Andes, con un esfuerzo muy superior al que habrían realizado de tomar hacia la pampa argentina.

Al tercer día, Antonio Vizintín cae y sufre una lesión, por lo que debe retornar al campamento.

Luego de diez días de camino, los dos voluntarios llegaron a la zona de Los Maitenes, llegando a un río que no pudieron vadear debido al deshielo. Para ese entonces, la carne que llevaban estaba descompuesta y Canesa comienza a sentirse enfermo. Al amanecer del día siguiente observaron a un arriero y le enviaron una nota solicitando ayuda.

El arriero dio notificación a los carabineros chilenos que se encargaban del Puente Negro, por lo que una patrulla se dirige a prestar ayuda a los dos sobrevivientes.

Tras la noticia, se despacharon de inmediato tres helicópteros para auxiliar a los sobrevivientes, los cuales realizaron las tareas a pesar de la intensa niebla reinante.

Dos helicópteros se encargaron del rescate, trasladando a siete sobrevivientes en el primer día, debiendo permanecer los otros en el sitio, hasta el día siguiente.

Los restos de los fallecidos, fueron sepultados en las proximidades del avión siniestrado, aunque los restos del fuselaje fueron quemados para evitar que fuesen saqueados por curiosos.

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